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martes, 13 de agosto de 2019

BOTELLA CON MENSAJE


Empiezo a escribir estas líneas sin saber si voy a tener el valor suficiente para acabarlas. Sin tener muy claro lo que quiero exactamente plasmar en ellas. Con muchas dudas sobre si, en realidad, quiero escribirlas y sabiendo que van a caer lagrimones como puños sobre el teclado del ordenador. Lo que sí tengo claro es que por esta vía suelo expresar mejor mis sentimientos que a través de la palabra hablada y que algo me impulsa a no guardarme para mí lo que siento en estos momentos.

La cuestión es que, a mis años, resulta que me he enamorado de nuevo. Pero nada de medias tintas: colado hasta las trancas, víctima de uno de esos enamoramientos que te hacen poner cara de gilipollas solo con sentir cerca la presencia del ser querido. Se trata de una historia de besos furtivos, de caricias insinuadas sin necesidad de pedirlas, de sonrisas resplandecientes, de miradas que desarman pero… como en tantas ocasiones, se trata de un amor imposible.

Imposible por la distancia que, dentro de muy poco, de demasiado poco, de tan poco que duele pensarlo, nos separará (1). Imposible porque uno ya está comprometido (aunque, en este caso, me plantearía lo del poliamor) e imposible por la insalvable diferencia de edad. La persona objeto de mis desvelos no lleva en este mundo mucho más de dos años. Dos años y pocos días tiene Victoria. Y digo años porque, aunque me esté haciendo viejo y convirtiéndome en un sentimental, no me he vuelto tan gilipollas como para poner diminutivo a todo lo que tenga que ver con los tiernos infantes: los niños no cumplen añitos, cumplen años y no se hacen caquita, se cagan.

Pero volviendo al tema ¿Y quién es la tal Victoria? Pues una niña, hija de padres con serios problemas de salud mental, de los que tuvo que ser separada y que mi amiga (supongo que me permites que te llame así) Mercedes recibió en acogida temporal hace meses, mientras la administración formalizaba los trámite para separarla legalmente de sus padres biológicos y le encontraba una familia adoptiva definitiva.



Y la cosa es que cuando apareció entre nosotros, Victoria ere una niña huraña, con síntomas de sentir miedos, reacia a cualquier contacto, sobre todo con personas del sexo masculino. Pero gracias a las atenciones de Mercedes, se ha convertido en una persona totalmente diferente: alegre, feliz, sociable, que con sólo una mirada y una sonrisa se ha metido en el corazón de quien la ha conocido.

Por el camino, a Victoria le ha ido surgiendo toda una heterogénea familia de tíos y abuelos putativos que, con mayor o menor derramamiento de baba, hemos disfrutado de su compañía, de su sonrisa, de sus gracias, de esos ojazos… 

Me quedo con un momento. Anecdótico, tonto si queréis, pero que se me ha quedado grabado a fuego muy adentro. Os cuento: nunca he tenido un público más agradecido tocando la guitarra (aporreándola, sería más correcto) que una tarde que Victoria se me arrimó furtivamente, a escondidas del resto de gente que había en casa, algunos de los cuales le habían estado dando el coñazo para que me diera un beso, un abrazo, cualquier muestra de cariño, con nulo resultado. Entonces, cuando nadie nos veía, se me abrazó a una pierna y arrancó a bailar al ritmo de lo que salía de las cuerdas mientras apoyaba su mejilla en mi rodilla sonriendo. Cualquiera que me conozca un poquito sabrá que, en cosas de niños, a mi lado Herodes se queda a la altura de Espinete. Pero ese día, ese instante, me quedé desarmado. No podía sospechar que un gesto de una niña de dos años pudiera llegar a pasarte por encima de esa manera.




Y ahora ha llegado el momento de su partida. Ya tiene asignada su familia de adopción y dentro de pocos días la habremos perdido de vista (1). Para siempre… ¡joder, qué duro suena! Sé que voy a tener mucho tiempo la expresión sus ojos clavada en mi cerebro y, resonando en mis oídos, su voz de niña llamándome… ¡Pepe!

Y si uno lo está pasando mal en este trance de separación, ni me imagino lo que debes de estar sintiendo, Mercedes. No sé si esto te reconfortará, pero quédate con que, con tus cuidados y el cariño que le has proporcionado, has conseguido que Victoria pase los ocho meses más felices de su vida, con que su carácter ha cambiado, a mejor, como de la noche al día, con que, esperemos, irá a parar a una familia en la que seguirá siendo feliz… y ¡que coño! Nadie te va a quitar la satisfacción de que la primera vez que Victoria pronunció la palabra ¡Mamá! era tu cara la que tenía ante sus ojos.




No sé, comprendo que es una idea totalmente pueril y que jamás va a suceder, pero me da cierto calorcillo reconfortante dentro del frío polar que siento por en mi interior el hecho de pensar que estas letras recogidas en el “blog” podrían ser una especie de mensaje en una botella que, un día, por cosas del azar, fuese a parar a la playa adecuada en la que Victoria la encontraría y, tras abrirla y leer su contenido supiera que, gracias a ella, alguien comprendió que en el fondo del más insensible de los Herodes puede encontrarse aunque solo sea unas pizcas de Mary Poppins.


P.D.: Como puños. No he podido estar más de dos minutos seguidos escribiendo esto sin que se me viniese a la cabeza la resplandeciente mirada de Victoria e, inevitablemente, se me nublase la vista. Supongo que este texto estará repleto de incorrecciones, redundancias, gilipolleces, etc. Normalmente le doy muchas vueltas a lo que escribo antes de publicarlo para tratar de depurarlo todo lo posible pero, en este caso, no me veo con fuerzas, sinceramente.

(1) Empecé a escribir esto hace días. El momento de la separación ya ha sucedido y, como era de esperar, ha dolido... vaya si ha dolido.




domingo, 21 de agosto de 2016

¡SI ES QUE LO QUE NO PASE EN EL SUR…!

Tiempo hacía que no garabateaba nada por aquí y me da coraje hacerlo para relatar una experiencia poco agradable, pero es que “se me estaba reconcomiendo” por dentro y necesitaba contarlo.

La cuestión es que, tras un muy gratificante viaje que ha incluido una semana por los Alpes y visitas a infinidad de pueblecitos y ciudades de “La France” y durante el que nos hemos topado con gente de lo más agradable (y eso que llevaba mis reservas respecto a nuestros vecinos del norte, “lesanfansdelpatrí”), la última noche Pepa y yo hicimos una escala técnica en Zaragoza. Estuvimos viendo algo de la ciudad, aunque, como diría uno que yo me sé, hacía más calor que en la romería de Uganda. Por la noche, tras una reparadora ducha, enfilamos nuestros pasos hacia la zona de El Tubo, famosa por sus barecillos de tapeo.

Allí estuvimos mariposeando de bar en bar, probando las especialidades de cada uno con desigual fortuna hasta que decidimos echar “la espuela” en uno que, en principio, no tenía mala pinta. No recuerdo su nombre ahora mismo. Pedimos un par de birras y algo de picar y nos sentamos a poca distancia de la barra. Desde ella, uno de los camareros (ignoro si propietario) estaba impartiendo una clase magistral de obviedades relacionadas con el vino y otros asuntos a una parroquia integrada por un grupo de turistas pijos que reían sus gracietas y abrían sus bocas con asombro ante las sorprendentes revelaciones del oficiante. Aseveraciones de tanto calado como que “la palabra salario viene de sal…”. Vamos, de “Honoris Causa”. Como mínimo.


La cuestión es que el tipo, supongo que crecidito por el entusiasmo que suscitaba entre sus discípulos y sin venir mucho a cuento, derivó su discurso hacia una de las cosas que más gracia hace a los pijos de ciertas partes de este país: hacer bromas cargadas de chispa acerca de los andaluces y su atávico subdesarrollo.

Expongo un breve resumen, no literal (tampoco era como para grabarlo), de las perlas que desgranó el individuo, mientras Pepa y yo poníamos cada vez más cara de asombro e indignación:

-       - En Sevilla, ciudad que conocía bien porque solía visitarla, el 90% de los bares estarían cerrados si se aplicasen las normas de sanidad de su tierra.
-      -  Pues había visto por allí hasta sitios en los que en lugar de servilletas se usaba papel higiénico. Seguro, afirmaba, que utilizaban el mismo rollo para una cosa y para la otra.
-       - Si es que hasta se había encontrado en un local en cuyos baños, al sentarte en la taza se accionaba con el culo el secador de manos.
-       - Y en muchos lugares ¡cuelgan los jamones del techo sobre las cabezas de las personas! Que por mucho que les pongan los cacharritos esos (por lo visto su vasto léxico no alcanzaba hasta la palabra chorrera), la grasa acababa manchando.

Toda esta sarta de lindezas, y otras que no recuerdo, eran correspondidas con carcajadas por el grupo de turistas pijos, muy partidarios ellos de las sesudas tesis del santón que, para rematar su discurso, dejando el listón en todo lo alto, a modo de culminante pase de pecho, espetó con tono despectivo un concluyente: “¡Si es que lo que no pase en el sur…!”. Se desencadenó el paroxismo entre los pijos: ¡ahí le has dado! ¡genial! ¡ja, ja, ja! En fin, un no parar de reír y de reír.

Ante tal situación, tirando de mi más exagerada y grotesca imitación del acento “sevillita” me levante y  pedí al figura “la cuentesita, miarma”. El interfecto me dijo que, con ese acento yo era de Cádiz, fijo. Si ya os digo yo que de luces… lo justito. En fin, que le pagué de mala gana y me despedí con un “hasta nunca”, no sin antes hacerle ver que la mierda de pincho que había tomado me la habían servido con las manos, por si quería comentárselo a sanidad, o algo.

Al margen de que esto sea una mera anécdota sin mayor importancia, lo que jode es que a día de hoy siga existiendo esa percepción de una Andalucía atrasada, subdesarrollada, chapucera, de pandereta. Y no digo que no haya algo de trasfondo que pueda dar pie a esas opiniones, pero no pienso que sea esa, ni con mucho, la generalidad. Más bien la cosa puede obedecer a la utilización malintencionada por parte de algunos (cierto “Molt Honorable” se me viene a la cabeza hablando de niños sevillanos a los que no se entiende al hablar) de una serie de tópicos rancios, desfasados e inciertos.

“Lo que pasa en el sur” no es nada muy diferente de los que sucede en otros lugares.  “Lo que pasa en el sur” es que mucha gente se mata a trabajar por un sueldo rozando lo miserable. “Lo que pasa en el sur” es que otros muchos, contando con una formación envidiable, ni siquiera pueden acceder a esos sueldos miserables y tienen que marcharse a otras tierras a buscarse la vida. “Lo que pasa en el sur“ es que muchos estamos hartos de la prepotencia y de las miradas por encima del hombro de algunos que ni se han preocupado en escarbar un poco debajo de los tópicos.




Por otra parte, también “pasa en el sur” que cuenta con un sector hostelero que en calidad, variedad, trato al cliente y, por qué no decirlo, precios razonables, da varias vueltas al de muchas otras zonas. Lo que no es probable es que pidas un vaso de agua y te lo sirvan a una temperatura a la que podrías desinfectar biberones. Igual se me pasó especificar que la quería para beber, no para lavarme los pies.

De hecho, en el caso concreto de Sevilla, para mi gusto, se ha producido una pérdida de cierto sabor añejo en aras de la asepsia y la pulcritud, haciendo que lo que antes eran locales y negocios tradicionales y con esencia se hayan convertido en algo similar a franquicias un poco impersonales que lo mismo podrías encontrarte en La Alfalfa que en el Barrio de las Letras, “por un poner”.

En fin, que lo único que saqué en limpio del discurso que el tipo aquel estaba largando desde su púlpito, fue aprender (de verdad, no lo sabía) que los apellidos que se forman anteponiendo una “D” a otro existente se aplicaban históricamente a los hijos ilegítimos o bastardos. ¡Anda! me acaba de venir a la memoria… Dalmau se llamaba el sitio.



P.D.1: No quiero que esto se interprete, ni mucho menos, como una crítica a los maños. Entiendo que me topé con el gilipollas de guardia y punto.


P.D.2: Amiguetes hispalenses, no os confundáis. Aunque me hiciese pasar por uno de vosotros en esta situación, no lo olvidéis: antes portugués que sevillano.


domingo, 14 de junio de 2015

PUESTA AL DÍA

Tiempo hace que no coincide que encuentre un ratito para escribir, que tenga ganas de hacerlo y que se me ocurra algo sobre lo que cascar, pero no quiero dejar de poneros al día (aunque muchos ya estáis al tanto) sobre los últimos acontecimientos que han irrumpido en mi existencia y que han condicionado, al menos temporalmente, mi relación con el hilo argumental de este “blog”: la bicicleta.

Supongo que será cosa de la edad, de la falta de mantenimiento o de que la máquina no es que sea un “rols rois”, precisamente, pero la cuestión es que mi mecánica ha empezado a dar algunos fallos. Cosas de electrónica (de chapa y motor sigo estupendo): un cable se deber de haber pelado y ha empezado a chisporrotear por la zona del ordenador de a bordo, dando como resultado una merma en el sentido del equilibrio.




La cosa empezó con unos vértigos agudos (de caerme al suelo, vamos) y fue evolucionando muy poco a poco, empezando por poder a andar por la calle con dificultad, pasando por correr por el campo con bastante normalidad y acabando en un estado de “acarajotamiento” constante (sí, más de lo normal) y sensación de desequilibrio al hacer determinados movimientos.


Tras notar una primera mejoría y reincorporarme al curro, traté de subirme en la bici, con un resultado nefasto: imposible pedalear más de unos cuantos metros. En cuanto tenía que hacer el más mínimo movimiento con la cabeza, perdía el equilibrio y me iba al suelo si no andaba listo al poner los pies. Me sentía igual que cuando, hace una pila de años, mi padre se mataba a correr detrás de mí para que no me partiese la crisma mientras daba mis primeras pedaladas vacilantes por El Real de Calañas: era como si nunca hubiese sabido montar en bici.



Tras algún diagnóstico médico poco afortunado, la solución al problema pasaba por hacer una serie de ejercicios de rehabilitación con los cuales el cerebro debía acostumbrarse a trabajar en las nuevas condiciones, con la información que actualmente recibe. Con ello, la recuperación podía ser más o menos completa, pero en todo momento me dejaron claro que lo de volver a montar en bici no era nada seguro, dependería de cómo respondiese mi pelota a los ejercicios.

Eso sí, me decían que no tendría problemas para hacer “vida  normal”. “Vida normal”… ¿pero qué es “vida normal”? Para mí, hacer “vida normal” durante mucho tiempo ha sido almorzar vestido de ciclista, estar pedaleando al poco rato con las lentejas en la boca, echar el bofe tratando de seguir la rueda de Domi por el enduro y soplarme después tres tercios fresquitos con El Churrero, por lo bien que lo hemos hecho. Esa “vida normal” sí que la veía peligrar.

Total, que me puse con lo de la rehabilitación. Los ejercicios… pues no penséis que la cosa va de levantar pesas, hacer flexiones ni matarse a abdominales. Más bien se trata de cosas de octogenario reumático: darle vueltas a una silla, mover la cabeza con gestos de afirmación y negación, tirar una pelotita y recogerla… en fin, acción trepidante como veis.



Pero me puse a ello con todas mis fuerzas (bueno, fuerzas, fuerzas, no es que hagan falta muchas) y la mayor de las disciplinas, aunque la evolución que notaba era mínima o inexistente. Durante mucho tiempo me seguía sintiendo absolutamente incapaz ni siquiera de hacer el intento de subirme a una bici. Supongo algo de secuelas había pero que en gran medida se debía al miedo a frustrarme ante un nuevo intento fallido.

El punto de inflexión fue el día de la Huelva Extrema. Tras una jornada viviendo la prueba como espectador y “con el moco caído” por no poder estar metido en el fregado, unas cuantas cervezas me dieron el ánimo suficiente para agarrar la bicicleta del amiguete “Jose Cadi”, que acababa de llegar a meta y subirme a ella cual jinete de rodeo, con el ánimo de no morder el polvo a las primeras de cambio. Eso sí, probé en blandito, en la zona de césped, por las dudas. Y la cosa no fue mal del todo: aunque me notaba inseguro, fui capaz de dar unas vueltas sin que el suelo se me subiese al hombro.

Con el ánimo por todo lo alto, el siguiente fin de semana hice una nueva prueba con resultados bastante satisfactorios. Con algunas limitaciones en determinados gestos (sobre todo al mirar hacia atrás) podía montar con relativa normalidad. Tras algo más de tres meses sin rascar pedal no os imagináis la felicidad que experimenté dando una vueltecita por los pinos, después de haber llegado a pensar que jamás volvería a poner el culo en un sillín.  

Tras ello he ido dando pasitos hacia la normalidad, llegando a salir sin problemas con el grupo de las tardes a ritmos aceptables y por todo tipo de terrenos y volviendo a utilizar mi “chiquenina” (la plegable) para los desplazamientos por ciudad.

En todo este camino ha habido momentos de incertidumbre, de miedos (a ratos, mucho miedo) y de pasarlo mal (a veces, muy mal) en los que siempre he contado con la mejor de las compañías a mi lado. En todo momento me ha apoyado, ha tratado de animarme y me ha impulsado a no rendirme.  Y la cosa tiene especial mérito dado el asquito (en parte justificado) que le tiene cogido a “la otra” (la bici). Gracias y sabes que te quiero.

Gracias también a todos los amiguetes que os habéis interesado por mi estado y que me habéis transmitido vuestros ánimos. Ya os lo pagaré con relevos largos y a buen ritmo.

Ahora, pues a tratar de volver a la normalidad. Tenía la intención de meterme en el fregado de Almonaster, aunque fuese totalmente fuera de forma. Se trataba de intentar disfrutar (o sufrir lo menos posible) y llevar la bicicleta hasta la mezquita, sin mayores pretensiones. Pero se ve que esto de las goteras va en serio: un resfriado galopante me ha dejado de nuevo en el dique seco, impidiéndome acudir al maratón y dejándome con el pellizco en el alma de haber faltado a mi cita anual con el San Cristóbal. En fin, el año que viene será.



miércoles, 18 de junio de 2014

BANDERITA, TÚ ERES ROJA...

Partamos de la base de que a servidor, eso de las banderas, le pone muy, pero que muy poquito. Bueno… casi todas…



Pero al margen de esta consideración, tengo que hacer una confesión, necesito soltarlo, me está quemando por dentro: ¡empiezo a estar hasta los mismísimos cojones de la banderita roja, amarilla y lila! ¡Ea, ya lo he dicho!

¿Pero éste no decía que era republicano? se preguntará alguno que me conozca. Pues no os quepa la menor duda: no concibo cómo, usando el raciocinio, se puede ser otra cosa. No entiendo qué esquemas mentales pueden llevar a alguien a considerase, por nacimiento, superior al resto de sus paisanos. Y menos aún entiendo a quien asume que, por nacimiento, alguien es superior a él. A estas alturas de la película.

Pero la cuestión es otra. Me da la impresión de que en este país, cuando se afirma de alguien o de algo que es republicano se da por sentada su relación con la izquierda política.

Republicano = rojo en la Guerra Civil = aquel que luchó contra Franco = de izquierdas.

Tengo la percepción de que los que en estos días enarbolan la bandera tricolor no están abogando por la instauración de una forma de estado más racional que la monarquía, en la que la soberanía resida en eso que se da en llamar “El Pueblo”. Más bien parece pretenderse una restauración, específicamente, de la Segunda República y siempre con la presunción de que estaría bajo el liderazgo de la izquierda.

Hay que tener en cuenta que la Segunda República, avanzada para sus tiempos en muchas cuestiones, sería hoy una venerable octogenaria, llena de achaques y que, durante ella, hubo un periodo de gobierno de derechas.

Aunque meramente anecdótico, resultó muy ilustrativo comprobar hace unos días cómo, en el programa del “Guayomin”, a la pregunta formulada a ciudadanos que se consideraban republicanos sobre si preferirían una monarquía con Felipe VI como rey o una república presidida por José Mª Aznar, muchos de ellos eligieron la primera de las opciones. Es evidente que no han entendido de qué va la película. Estamos mezclando “meras con churrinas”. Se trata de optar por una forma de estado, de decidir quién es aquí el que manda, si una familia descendiente de gabachos que se pasa las llaves del cortijo de padres a hijos o todos y cada uno de nosotros decidiendo quién queremos que ostente en cada momento la representación del estado.
 
Tampoco alcanzo a explicarme la inquebrantable adhesión que profesa la mayoría de las gentes de la derecha de este país hacia la institución monárquica. Ni eso ha sido siempre así históricamente ni me da la impresión (puede que errónea) de que suceda lo mismo en otros lugares de este mundo.

Pienso que no estaremos en condiciones de acceder a una forma de estado republicana estable hasta que las gentes de izquierda no rompan esa identificación entre república e izquierdas o hasta que deje de resultar raro oír a alguien afirmar: “soy de derechas y republicano”.

En cuanto a la bandera, pues eso, que me la trae al pairo ¿La rojigualda? ¿Por qué no? Aunque... ahora que lo pienso, si a la tricolor le añadimos otros tres colores, igual conseguimos ganar de una puta vez EUROVISIÓN.  






martes, 10 de junio de 2014

¡QUÉ DURO HA SIDO EL CAMINO!

Y llegó Santa Ana, último maratón del provincial BTT antes del parón veraniego.

Importante madrugón el del domingo para llegar a buena hora y sin apreturas para, al final, enterarme de que la salida sería media hora más tarde de lo que yo pensaba. Llegué el primero a la mesa de entrega de dorsales, cosa que ya me sucedió en Santa Ana hace un par de años. Se preguntarán por allí quién será el taradito ese que se da tanta prisa para recoger el dorsal si luego no anda un pimiento.

Cuando estoy preparando las cosas me doy cuenta de que, con la caraja del madrugón, no había cogido herramientas, ni cámara. Pues mire usted que bien ¡como el recorrido no tiene pedruscos! Al menos, mi compañero Ernesto me proporciona una cámara. Gracias, amiguete.

Bien tempranito me meto en el cajón y a partir de ahí, no sé si por la falta de sueño, el solecito en la cabeza… se me empiezan a nublar las entendederas. A mi alrededor veo a multitud de gente ataviada con trajes de flamenca de los más variados colores y otros vestidos de corto, junto a sus caballos metálicos y tocados con cascos de ala ancha.



Suenan cohetes y la comitiva se pone en marcha. Bonito espectáculo con las luces del alba realzando el colorido de la caravana que se dispone a afrontar un duro camino para alcanzar el destino tan anhelado tras un año de espera.

No sé si sería por cosas del sorteo del número del carro o porque mi caballo llevaba un paso cortito, pero la cuestión es que me encontraba en una zona bastante trasera de la comitiva y sin muchas ganas de cantar sevillanas.

El mal estado de los caminos me obligaba a descabalgar a menudo de mi montura y a llevarla de reata. En otras zonas, en cambio, daba gusto galopar junto al curso de unas riveras espectaculares, disfrutando de esas inolvidables vivencias que depara el camino. Porque, ¡decidme si no es una inolvidable vivencia quitarle las pegatinas al amiguete Benito en un zona técnica en bajada!

Voy hidratándome convenientemente, con rebujito en un bote y una palomita de isotónico en el otro, a la vez que me alimento con barritas de jamón de pata negra y geles de gamba blanca de Huelva. Hay que evitar los desfallecimientos, que luego la resaca es “mu” mala.



Tras las zonas de senderos, el paisaje se abre entre dehesas. Parece que el caballo se siente más a gusto en ese entorno y empieza a acelerar el paso, poniéndose en un trotecillo ligerito e incluso, por momentos, soltando algún galope tendido. Por allí veo a algún peregrino con la cara de un mono en la medalla, un compañero de mi hermandad que había tenido sus más y sus menos con un estribo y se vio en el suelo al no poder sacar el boto a tiempo.

Al vadear “el charco”, veo una de esas estampas emotivas que se quedan grabadas a fuego en la retina: el Pomares vestido de gitana recibiendo su bautizo rociero (1).

Ya queda menos, un último esfuerzo y todo un año de espera habrá tenido sentido. Las emociones se agolpan en el corazón del peregrino cuando siente la proximidad de la ermita.

Pero… ¿quién coño ha puesto la ermita allí, “en toloarto”? ¿Otros años no se llegaba por unos llanos, con arena y entre pinares? Habrán cambiado el camino, por culpa de los putos linces. La mierda del gatito ese, que no hace más que tirar el dinero público y no aprende ni a mirar a los lados al cruzar las carreteras.

Pero nada iba a quebrantar la fe de este peregrino. Al ritmo que buenamente podía el caballo, poco a poco pero sin descabalgar en ningún momento, fui recorriendo los kilómetros, los metros, los pasos que me separaban de ella, hasta que apareció entre el gentío, esa visión incomparable reluciendo más que el sol: ¡la meta de los cojones! Creí que este año no llegaba.




No puedo asegurar que fuese exactamente así como sucedió todo. Lo mismo tengo la memoria un poco pastosa después  de haberme ido al Rocío ¡a ver a la SEÑORA! (2) sin haber podido descansar tras el maratón de Santa Ana.

  

Ahora, un poco más serio, quiero agradecer a los organizadores su trabajo para preparar un maratón entretenidísimo. Para mi gusto sobró algún tramo del primer bucle que obligaba a patear a todo el mundo. Eso sí, la zona del sendero de “Los Molinos”, tremendamente divertida y muy bonita.

Como defecto a mejorar, quizá faltó algo de señalización. Hubo gente que se perdió y yo, en un cruce, tuve muchas dudas sobre cuál era el camino correcto. Casi todo el trayecto estaba bien señalizado, pero había algún punto que provocaba dudas. Lo dicho, un pequeño detalle a mejorar en próximas ediciones de este gran maratón.



(1) Pomares ¿no querías que te sacase en la crónica? Pues ahora te jodes, sales vestido de gitana. Eso sí, lo de que estaba en la rivera, tan pancho, pegándose un baño es rigurosamente cierto.
   

(2) A mi señora, se entiende.




Hasta la próxima.


lunes, 16 de septiembre de 2013

UNA EXPERIENCIA JOCOSA.

Aquí andamos, de regreso de vacaciones, readaptándonos a la rutina del curro y tratando de recuperar sensaciones sobre la bicicleta. En fin, lo típico de septiembre. Pues a estas altura toca entrada en el "blog" para relatar mi viajecito veraniego, que en esta ocasión ha discurrido por el suroeste de Canadá.

Empezaré aclarando el título de la entrada. “Resurta de que” la guía que ha conducido (de aquella manera, como explicaré) nuestros pasos por Canadá era una “quebequoise” perfectamente francófona y que de mala manera chapurreaba el castellano. Por ello, cuando se refería a las Montañas Rocosas lo hacía con ese acento gabacho que le llevaba a pronunciar “Montañas Jocosas”, provocando el consiguiente descojone del personal.

Lo de la guía fue para echarle de comer aparte. Ignoro si conocería la parte este de Canadá, de la que era originaria, pero en el oeste estaba más perdida que Sergio Ramos en una entrevista con Punset. No tenía ni puta idea. Para que os hagáis una idea:
  • Perdió al grupo por la ciudad de Calgary el primer día de viaje. Hay que tener en cuente que dicha ciudad es cuadriculada como la cabeza de la Merkel. La metes en Sevilla en el Barrio de Santa Cruz y tienen que mandar a Lobatón a buscarla.
  • Perdió su cartera con, entre otras cosas, todas sus acreditaciones como guía.
  • Perdió las fotos que había hecho en su cámara.
  • Perdió el autobús tras una ruta de senderismo (me preguntó a mí si sabía dónde estaba).
  • Nos perdió repetidas veces por el campo.
  • Nos perdió en los remontes de una estación de esquí, metiéndonos en uno específico para bicicletas.
  • La virginidad creo que ya la traía perdida…
Era curioso su empeño en hacer cada día una fotografía de grupo para enviarla a la agencia de viajes. Llegamos a sospechar que era para que se quedasen tranquilos al comprobar que al final de la jornada no había bajas y que estábamos todos aún vivitos y coleando.

En fin, un verdadero desastre de mujer. Menos mal que el conductor del autobús, Andrew, controlaba tela y además conocía un montón de detalles de la zona. Un tipo curioso el tal Andrew: casi dos metros de canadiense, con un impresionante mostacho y cejas a juego. Y a pesar de esa pinta de comerse a los niños enteros, era un apasionado de la lectura; aprovechaba el más mínimo instante para devorar letra impresa.


Aquí Andrew con Pepa y servidor.

El planteamiento del viaje era el de incluir rutas de senderismo casi todos los días (nueve). A pesar de que se hicieron pateos todos esos días, algunos quedaron un poco (o un mucho) recortados por la ineptitud de la guía, aunque al menos dio para mover algo las piernas y ganarse las pintas de Canadian o de Kokanee. Alguna sí fue un poco más seria, como la subida a los “Seis Glaciares” en Lake Louise, con algo más de 16 km y un desnivel positivo de 550 m.

Bueno, al margen de estas historias, os diré que Canadá (al menos la parte que visitamos) es un país espectacular, como podréis ver en las fotos que pongo a continuación.


Castle Mountain. Una imagen típica de las Rocky Mountains.


Emerald Lake (Lago Esmeralda). Así llamado por el color de sus aguas.


Takakaw Falls. Impresionantes cataratas.


Vista de Lake Louise desde el sendero que asciende hasta Six Glaciers.


Arriba, en Six Glaciers. Aquí hacía bastante "rasca".


Moraine Lake ¿Y a éste por qué no lo llamaron Esmeralda?


Aquí también hacía tela de frío. Espectacular la carretera que lleva de Banff a Jasper, atravesando una zona plagada de glaciares.


Bow Lake.


Peyto Lake. Otro lugar flipante en el que incluso nos cayeron unos copos de nieve.


Athabasca Falls. Más cascadas.


Maligne Lake. Otro lugar feísimo.


Robson Mountain. Impresiona.


Otra vista de Robson Mt.


Pateo por el entorno de Robson Mt.


Kinney Lake. No sé si he puesto la foto al derecho o al revés.


Saphat Falls.


Helmken Falls ¡Será por cascadas! Éstas, para mí, las más espectaculares.


Esto es en una parada que hicimos, junto a una carretera cualquiera.


Curioso el tema de los osos. Por allí son bastante abundantes, sobre todo el oso negro, más simpaticote y buena persona y más raro de ver el "grizly", bastante más cabroncete y con malas pulgas. Resulta que cabe la posibilidad de que un bichejo de estos la tome contigo y decida ajustar cuentas a la especie humana utilizándote a ti como víctima. Pues bien, para que te defiendas de una bestia parda que llega a pesar más de 600 kg, alcanza 2,4 m de altura sobre sus patas traseras, puede nadar, corre a más de 50 km/h, trepa a los árboles, tiene garras de 10 cm y dientes de hasta 8 cm, los cachondos de los canadienses te dan ¡ESTO!


Pero, vamos a ver ¿"Eso" cómo se dispara? ¿Por dónde se carga? ¿Cómo se apunta? ¿De verdad piensan que un oso de pelo en pecho (y en el resto del cuerpo) se va a achantar porque le toques un cascabelito?

Al final, una de las compañeras de viaje, Marta, sevillana ella, dio con la clave: cuando te ataque un oso pardo grande como un trinquete, tienes que estar rápido y arrojarle el cascabelito para que el animal juguetee con él y se entretenga, dejándote a ti para mejor ocasión.

Para casos más graves, en los que el oso no sea de la subespecie juguetona, se lleva a mano un "espray antiosos" como éste. 


Es algo así como los "esprays" de pimienta que se usan contra los violadores, pero me da a mí que si al osito se le mete en las narices violarte, acabas con el botecito ese de pimienta metido donde dijimos. 

Y para que se vea que la cosa de los osos va en serio, ha aquí uno de los que vimos desde el autobús.




¡Hombre, las simpáticas ardillas! La primera que ves te hace tela de gracia y le tiras fotos como si tuvieras enfrente a la mismísima Kate Upton en pelotas. Con los días empiezan a ponerse pesadas y, a fuerza de verlas por todos lados, acaba uno hasta los mismísimos de esas ratas con rabo gordo. Eso sí, ésta que fotografié no me digáis que no era simpática ¡Mira qué carita!


Otro animalito, en este caso un tipo de ciervo (Mule deer).



Estos son Wapities. Son parecidos al caribú y la mar de tranquilitos. Aquí se estaban comiendo el césped, árboles y flores del hotel en el que nos hospedábamos en Jasper.



¿Doctor en Alaska?



También vimos salmones remontando ríos...



...para llegar a su lugar de nacimiento para desovar y "espicharla" después.



Bueno, ya que, presuntamente, este es un "blog" de ciclismo, ahí van unas fotillos del tema. Son de Whistler, una estación de esquí que en verano se transforma en un paraíso de la bicicleta de descenso. Tiendas con alquiler de "maquinones", tipos vestidos de rapero con protecciones y casco integral por todos lados (muchos de ellos cojeando), remontes dedicados exclusivamente a las bicicletas... En fin, que hasta me entraron ganas de bajar alguna pista (de las facilitas, eso sí).




En Whistler coincidimos con un "IronMan". Aquí el parque cerrado de bicis.



Alguno llegó bastante perjudicado.



Concentración de "Chevys" (Chevrolet Corvette) en Sun Peaks. Increíble cómo los tenían de relucientes sus propietarios. El motor de cualquiera de estos juguetitos estaba más limpio que el salpicadero de mi coche (no exagero en absoluto).


Se nota que Canadá es una potencia en producción de petroleo ¿no?


Estos "miniutilitarios" estaban por todas partes.


Vancuover, última etapa del viaje. A pesar de los rascacielos es una ciudad muy agradable, con parques, playas, y muchas zonas por las que pasear.


En fin, que he decidido hacerme un poquito canadiense.