miércoles, 3 de mayo de 2017

OTRA AL ZURRÓN

Tiempo hacía que no me ponía delante de las teclas para garabatear algo de mis carreritas, pero pienso que la Huelva Extrema bien merece el esfuerzo.

Lo cierto es que tras la edición del año pasado no me animé a publicar nada (algo tenía en borrador pero nunca lo rematé) y por ese motivo no llegué a agradecer en público a mi compañero Domi su capacidad de sufrimiento para alcanzar la meta de Punta Umbría a pesar de encontrarse con problemas de salud. Aunque sea con un año de retraso, lo hago ahora: ¡Gracias, Domi! Te portaste como un jabato.







Pues bien, este año afrontaba mi cuarta Extrema con algo más de confianza que el pasado. Bastantes kilómetros en las patas a estas alturas de temporada, conocer el recorrido y no tener el hándicap de haber estado un tiempo en el dique seco como el año anterior, me hacían afrontar el reto con relativo optimismo. Mi objetivo confeso: llegar a Punta con mejor tiempo que el año pasado (10:07 hicimos) y, si era posible en menos de 10 horas, mejor que mejor. Eso sí, este año en categoría individual.

Tras el madrugón de rigor toca esperar la salida con un frío de narices, más o menos por los medios del primer cajón. Se da la salida con puntualidad británica y todos pitando por el tramo de carretera. Ya por allí empiezan a pasarme infinidad de ciclistas. No quiero (¿o quizás no puedo?) apretar para engancharme a algún grupo que me lleve hasta la entrada del primer camino.

Pisamos tierra y, al contrario que el año pasado, no se forman atascos que reseñar (algún pie a tierra absurdo en la bajada sin complicaciones hacia Los Romeros, pero poca cosa). En esa bajada me pasan los primeros del cajón nº 2, los Villegas, que iban que se las pelaban. Primeros charcos y a por la subida hacia Jabugo ¡¡¿¿QUIÉN COÑO ERA EL QUE ME ESTABA AGARRANDO LA BICI POR LA ZONA AQUELLA QUE HAN REPARADO CON TIERRA, QUE NO HABÍA FORMA DE AVANZAR??!! Me siguen adelantando como si fuese yo a los mandos de un "Maclaren".


Espectacular como estaba de bonita la subida hacia El Castaño, donde se forma el único tapón del día, en la curva de la "Z", como era de esperar. Pero vamos, que no fue gran cosa y la gente, en general, se lo tomó de buen grado. Me adelantan ciclistas "a puñaos".

Con eso de ir en solitario, sin una referencia como la del loco de Domi el año pasado, pienso que las bajadas me las tomé con excesiva calma, porque en ellas también me adelantaban "cienes y cienes" de ciclistas. Además, bajando el muro de Santa Ana, de tanto frenar se calentaron las pastillas y me quedé temporalmente casi sin frenos, hasta que refrigeraron.

Por la carretera de Santa Eulalia, dos ciclistas (competían en parejas, me pareció) que estaban parados me preguntan ¡SI LLEVO UNA BOMBA! No sin antes hacerles ver que no sería mala idea del todo cargar con una bombita entre los dos para hacer una carrera de 180 km, me doy la vuelta para echarles una mano, pero en ese momento parece que le cogieron el truco a la bombona de CO2 que llevaban y me dijeron que ya no necesitaban la bomba. Pues mejor para todos.

Rampones duros hacia El Patrás, por donde definitivamente ya me pasa "El Tato" y a por el tramo complicado y duro que hay tras esa localidad, que hice bastante a gusto, aunque con algún pateo de más por ir rodeado de paquetes histéricos.

A partir de allí había pasado lo peor para mí. Abro gas por la vía verde tras Mina Concepción y subo con relativa dignidad hasta El Campillo, donde había un montón de gente animando. Parece que ya me pasan menos.



En Zalamea paro a repostar líquidos, suelto el cortavientos a mi amantísima (gracias por la colaboración en la logística) y Antoñito, el hijo de Benito, me lubrica la cadena. Gracias, amiguete. Cuando la edad te permita meterte en esta prueba vas a disfrutarla y vas a dar guerra.

No sé como lo veríais los demás, pero yo en mi opinión el terreno en la parte inicial (hasta El Patrás, más o menos) estaba bastante practicable, mejor que el año pasado, pero a partir de ahí se ponía mucho más pesado, con barro y charcos continuos que hacían difícil mantener un ritmo.

Igual que el año pasado, me pareció espectacular el tramo que lleva de Zalamea hasta el puente sobre el Odiel. Este año, más si cabe, con la nueva zona de senderos y caminos que sustituía la bajada por carretera. Ya por esa zona se invierten las tornas y empiezo a recuperar algunas de las pegatinas que me había quitado el personal en los tramos anteriores. Disfruto (eso es fácil escribirlo hoy) de la subida a Almagrera, salvo el coñazo de los dos pateos por los derrumbes que había.

Rodeo de Calañas y a enfilar la pista que busca Las Cruces. Viento fuertecillo en contra y toca apretar los dientes para ir recuperando posiciones, cosa que voy haciendo con relativa facilidad. Ya cerca de Las Cruces, donde tenía prevista mi segunda parada en "boxes", veo delante un grupo de ciclistas muy numeroso (unos 20, diría yo). Aprieto para tratar de sobrepasarlos antes de llegar al pueblo, para evitarme la aglomeración que se podría formar, pero sólo consigo atrapar a algunos rezagados del grupo.

Total, que el avituallamiento de Las Cruces estaba más atestado que el "Primark" del "Holea" en un día festivo en Sevilla. Aquello era un hormiguero de ciclistas y bicicletas. Por ello, miro mis botes, a media carga en ese momento, calculo lo que queda hasta San Bartolomé y decido cambiar sobre la marcha de estrategia: en lugar de ir a tres paradas, iría a dos. Con un par.



Tras los duros repechos anteriores a la carretera Tharsis-Las Cruces (se atragantan de verdad) vuelvo a poner un ritmo sabrosón en una zona que me va bastante bien y con el que sigo adelantando a bastantes ciclistas, peroooo... conforme me voy acercando a San Bartolomé me voy dando cuenta de que lo de no parar en Las Cruces no ha sido buena idea y voy entrando en el único episodio de crísis del día. Tengo que hacer acopio de fuerza mental y tratar de gestionar los primeros amagos de calambres para llegar hasta el avituallamiento, mientras que algunos de los que instantes antes había dejado por detrás me volvían a alcanzar.

Pero siempre que ha llovido ha escampado y al entrar en San Bartolomé veo la luz en forma de jarra helada de cerveza que me ofrece el amiguete Dani, bartolino y compañero de curro. Lo cierto es que se trataba de una deuda que tenía desde hacía un año y de la que di buena cuenta en un abrir y cerrar de ojos.



Besos y abrazos a los amiguetes que había por allí (Churrero, Bocina, Kike, Pepito...) y a por un bocata en el avituallamiento. Repongo líquidos, aceitito para la cadena y con cuerpo y alma reconstituidos pongo de nuevo el motor en marcha para acometer la última tirada.

De nuevo a ritmo vivo, voy rebasando a un buen número de ciclistas, ya bastante tostados. Por la pista colorada, uno de los que alcanzo se me pone a rueda, un tipo con buena planta y en edad de merecer. Con él enganchado al culo voy atravesando la pista colorada, el canal y nuestros queridos pinos. Mi única preocupación era tratar de evitar que los amagos se materializasen en calambres, cosa que, afortunadamente, conseguí, aunque a costa de no apretar todo lo que hubiese deseado en algunos tramos. No obstante, hice muy buen tiempo en el último sector.

Cuando quedan unos 5 km miro el reloj y veo que voy en tiempo de lograr el objetivo de entrar en menos de 10 h, por lo que aprieto los dientes hasta meta en la que entro radiante de felicidad y en un tiempo de algo menos de 9:55. Eso sí, con el fornido muchachote adherido a mi culo. Se ve que le agradó, hay gustos para todo. Nos saludamos todos los que entramos a la vez en meta menos... en efecto, amiguetes, el muchachote de buena planta, que no se dignó a decir ni mu y se marchó muy ufano tras haber logrado el que parecía su objetivo en la carrera: aguantarle la rueda a un viejo, obeso y medio acabado durante 30 km. Enhorabuena, majete.



En fin, una Extrema más al zurrón habiendo disfrutado de un espectacular recorrido por nuestra provincia. Bueno, esta es la típica gilipollez que se dice cuando se te van olvidando las fatiguitas negras que has pasado para arrastrar la bici desde Almonaster hasta Punta Umbría. Si te preguntan cuando vas subiendo la cuesta de la depuradora de San Bartolomé, habría que ser muy masoquista par decir con una sonrisa en los labios: "pues ya ves, aquí, disfrutando".

Gracias a la organización por el espectacular diseño del trazado, sevicios, atenciones, correcciones de última hora... Tenemos en Huelva una prueba de muchos quilates. Lástima que sea tan caríiiiiisima la inscripción. Y es que después sólo te dan avituallamientos perfectos, cronometraje por chip, retransmisión en "estrimin" de ese, 3 barritas, 3 geles, un maillot, varias revistas, medalla, caja de fresas, comida, fisioterapia, lavado de bicis... En fin, un atraco a mano armada.

Gracias también a todos los que habéis estado animando durante el trayecto (algunos demostrando que poseen el don de la ubicuidad). Eso da sentido al esfuerzo de los que nos metemos en estos follones sin otro objetivo que llegar a meta lo más decentemente posible.

Gracias a Pepa por su inestimable colaboración. Aunque en el fondo sé que acabaré pagando de la manera que menos me espere el madrugón que se tuvo que pegar para traerse el coche de vuelta desde Almonaster.

Enhorabuena a los vencedores y a todos los que han superado su reto personal (en especial a mis compañeros Paco, Nacho y Jose y al amiguete Benito). Y a los que no... pues a entrenar más y en la próxima será.

En fin, que el año que viene, más y ¿mejor? Espero poder estar presente en la 6ª edición de nuestra Extrema.

Mi primo el oscurito ya se ha colgado otra medalla.




PD. 1: Benito, en Zalamea me llevabas 25 min, en meta me sacas 7:30 "maomeno". ¡EL AÑO QUE VIENE QUIERO UNA EXTREMA CON 50 km MÁS, A VER SI TE PILLO!

PD. 2: pues hacía tiempo que no escribía por aquí, pero me he despachado a gusto.


domingo, 21 de agosto de 2016

¡SI ES QUE LO QUE NO PASE EN EL SUR…!

Tiempo hacía que no garabateaba nada por aquí y me da coraje hacerlo para relatar una experiencia poco agradable, pero es que “se me estaba reconcomiendo” por dentro y necesitaba contarlo.

La cuestión es que, tras un muy gratificante viaje que ha incluido una semana por los Alpes y visitas a infinidad de pueblecitos y ciudades de “La France” y durante el que nos hemos topado con gente de lo más agradable (y eso que llevaba mis reservas respecto a nuestros vecinos del norte, “lesanfansdelpatrí”), la última noche Pepa y yo hicimos una escala técnica en Zaragoza. Estuvimos viendo algo de la ciudad, aunque, como diría uno que yo me sé, hacía más calor que en la romería de Uganda. Por la noche, tras una reparadora ducha, enfilamos nuestros pasos hacia la zona de El Tubo, famosa por sus barecillos de tapeo.

Allí estuvimos mariposeando de bar en bar, probando las especialidades de cada uno con desigual fortuna hasta que decidimos echar “la espuela” en uno que, en principio, no tenía mala pinta. No recuerdo su nombre ahora mismo. Pedimos un par de birras y algo de picar y nos sentamos a poca distancia de la barra. Desde ella, uno de los camareros (ignoro si propietario) estaba impartiendo una clase magistral de obviedades relacionadas con el vino y otros asuntos a una parroquia integrada por un grupo de turistas pijos que reían sus gracietas y abrían sus bocas con asombro ante las sorprendentes revelaciones del oficiante. Aseveraciones de tanto calado como que “la palabra salario viene de sal…”. Vamos, de “Honoris Causa”. Como mínimo.


La cuestión es que el tipo, supongo que crecidito por el entusiasmo que suscitaba entre sus discípulos y sin venir mucho a cuento, derivó su discurso hacia una de las cosas que más gracia hace a los pijos de ciertas partes de este país: hacer bromas cargadas de chispa acerca de los andaluces y su atávico subdesarrollo.

Expongo un breve resumen, no literal (tampoco era como para grabarlo), de las perlas que desgranó el individuo, mientras Pepa y yo poníamos cada vez más cara de asombro e indignación:

-       - En Sevilla, ciudad que conocía bien porque solía visitarla, el 90% de los bares estarían cerrados si se aplicasen las normas de sanidad de su tierra.
-      -  Pues había visto por allí hasta sitios en los que en lugar de servilletas se usaba papel higiénico. Seguro, afirmaba, que utilizaban el mismo rollo para una cosa y para la otra.
-       - Si es que hasta se había encontrado en un local en cuyos baños, al sentarte en la taza se accionaba con el culo el secador de manos.
-       - Y en muchos lugares ¡cuelgan los jamones del techo sobre las cabezas de las personas! Que por mucho que les pongan los cacharritos esos (por lo visto su vasto léxico no alcanzaba hasta la palabra chorrera), la grasa acababa manchando.

Toda esta sarta de lindezas, y otras que no recuerdo, eran correspondidas con carcajadas por el grupo de turistas pijos, muy partidarios ellos de las sesudas tesis del santón que, para rematar su discurso, dejando el listón en todo lo alto, a modo de culminante pase de pecho, espetó con tono despectivo un concluyente: “¡Si es que lo que no pase en el sur…!”. Se desencadenó el paroxismo entre los pijos: ¡ahí le has dado! ¡genial! ¡ja, ja, ja! En fin, un no parar de reír y de reír.

Ante tal situación, tirando de mi más exagerada y grotesca imitación del acento “sevillita” me levante y  pedí al figura “la cuentesita, miarma”. El interfecto me dijo que, con ese acento yo era de Cádiz, fijo. Si ya os digo yo que de luces… lo justito. En fin, que le pagué de mala gana y me despedí con un “hasta nunca”, no sin antes hacerle ver que la mierda de pincho que había tomado me la habían servido con las manos, por si quería comentárselo a sanidad, o algo.

Al margen de que esto sea una mera anécdota sin mayor importancia, lo que jode es que a día de hoy siga existiendo esa percepción de una Andalucía atrasada, subdesarrollada, chapucera, de pandereta. Y no digo que no haya algo de trasfondo que pueda dar pie a esas opiniones, pero no pienso que sea esa, ni con mucho, la generalidad. Más bien la cosa puede obedecer a la utilización malintencionada por parte de algunos (cierto “Molt Honorable” se me viene a la cabeza hablando de niños sevillanos a los que no se entiende al hablar) de una serie de tópicos rancios, desfasados e inciertos.

“Lo que pasa en el sur” no es nada muy diferente de los que sucede en otros lugares.  “Lo que pasa en el sur” es que mucha gente se mata a trabajar por un sueldo rozando lo miserable. “Lo que pasa en el sur” es que otros muchos, contando con una formación envidiable, ni siquiera pueden acceder a esos sueldos miserables y tienen que marcharse a otras tierras a buscarse la vida. “Lo que pasa en el sur“ es que muchos estamos hartos de la prepotencia y de las miradas por encima del hombro de algunos que ni se han preocupado en escarbar un poco debajo de los tópicos.




Por otra parte, también “pasa en el sur” que cuenta con un sector hostelero que en calidad, variedad, trato al cliente y, por qué no decirlo, precios razonables, da varias vueltas al de muchas otras zonas. Lo que no es probable es que pidas un vaso de agua y te lo sirvan a una temperatura a la que podrías desinfectar biberones. Igual se me pasó especificar que la quería para beber, no para lavarme los pies.

De hecho, en el caso concreto de Sevilla, para mi gusto, se ha producido una pérdida de cierto sabor añejo en aras de la asepsia y la pulcritud, haciendo que lo que antes eran locales y negocios tradicionales y con esencia se hayan convertido en algo similar a franquicias un poco impersonales que lo mismo podrías encontrarte en La Alfalfa que en el Barrio de las Letras, “por un poner”.

En fin, que lo único que saqué en limpio del discurso que el tipo aquel estaba largando desde su púlpito, fue aprender (de verdad, no lo sabía) que los apellidos que se forman anteponiendo una “D” a otro existente se aplicaban históricamente a los hijos ilegítimos bastardos. ¡Anda! me acaba de venir a la memoria… Dalmau se llamaba el sitio.



P.D.1: No quiero que esto se interprete, ni mucho menos, como una crítica a los maños. Entiendo que me topé con el gilipollas de guardia y punto.


P.D.2: Amiguetes hispalenses, no os confundáis. Aunque me hiciese pasar por uno de vosotros en esta situación, no lo olvidéis: antes portugués que sevillano.


lunes, 22 de febrero de 2016

VUELTA AL TAJO


Bueno, pues por aquí seguimos. Tras lo que contaba en mi última entrada, entre unas cosas y otras no había conseguido reunir las ganas necesarias para colgarme un dorsal durante todo lo que quedaba de 2015, decidiendo hacer de él un año totalmente sabático en lo que respecta a competiciones.

Pero con la llegada del nuevo año toca retomar las buenas costumbres y arrojarse a la arena para defender los colores de nuestro insigne club, ESLABÓN PERDIDO. Han sido quince meses sin aparecer por ninguna prueba y ya apetecía volver a vivir ese ambientillo y reencontrarme con caras conocidas.

La primera cita del año ha sido en Almonte con su Maratón BTT Doñana Natural, un recorrido sin más complicaciones que las que provoca la presencia de innumerables zonas de arena pero que con las lluvias de las últimas semanas no presentaba excesivas dificultades. Además tenía largas zonas de senderos revirados muy entretenidas.

Con ilusiones renovadas y bici nueva (bueno, de segunda pata, pero como si fuese nueva) me planto en Almonte el domingo con lo que yo pensaba que era muchísima antelación. Pues un mojón “pamí”: caos total en la entrega de dorsales y me pego casi una hora de cola. No sé si el tema es achacable a la organización almonteña o a la pijotería federativa, pero no es de recibo poner una única mesa de entrega de dorsales para 700 participantes. Bueno, a partir de cierto momento se montó una segunda mesa para ¡LOS APELLIDOS DE LA “R” EN ADELANTE! Llegué a plantearme si el Juzgado de Paz estaría abierto para tramitar un cambio de apellido. Probablemente hubiera sido más rápido que esperar toda la cola.

En fin, que totalmente estresado me metí en el fondo del cajón de salida después de las 9:30 (hora teórica de salida) tratando de bajar pulsaciones antes de la partida.

Tramo neutralizado relativamente tranquilo y salida en estampida por buenos caminos en los que pude ir remontando posiciones sin muchas apreturas. Andaría por la mitad del pelotón, pasado el km 5 cuando en una curva de 90º casi me voy al suelo al “flanearme” la rueda trasera. Miro para abajo y compruebo mis sospechas: voy sin aire.

A partir de aquí todo fue un cúmulo de despropósitos: intento inflar a ver si el moco tapona y nada (creo que el problema era de la válvula), me pongo las gafas “del cerca”, lío la de Dios para desmontar las ruedas esas tan modernas que van con llave “allen”, las paso putas para meter la cámara, que era de 26”, en la llanta de 29”, me pongo perdido de moco (que no veas cómo se agarra a los pelos de las patas cuando se seca) y, para rematar, me resulta totalmente imposible meter la cubierta en la llanta con el único desmontable que llevaba.




A todo esto ya había pasado la totalidad de los participantes y, un buen rato después, llegaron dos ciclistas de la organización que iban cerrando carrera. Fueron mis ángeles de la guardia ya que, con su ayuda, pude meter la cubierta y reemprender la marcha. Muchas gracias, os debo el haber podido continuar en carrera.

Eso sí, iba ultimísimo, a varios minutos del penúltimo y, para colmo, me despisté en un cruce antes de llegar a la carretera de Cabezudos. Los que cerraban carrera me dicen que continúe por carretera hasta retomar el camino pero yo, cabezón, me di la vuelta para hacer el recorrido correcto.

A partir de entonces, ritmo de trotón y a tratar de recuperar puestos. Casi 10 km hice en solitario hasta que empecé a rebasar a algunos rezagados. Una relativa ventaja fue que los tramos de senderos hacia el Rocío los hice bastante sólo, sin verme muy bloqueado. Además, la gente me cedía el paso con amabilidad aunque para adelantar me tuve que tirar al monte en más de una ocasión.





Así seguía, de adelantamiento en adelantamiento y pensando para mis adentros cuándo empezaría a rebasar a gente que no fuese vestida del Decathlón ¡Si hasta adelanté a uno que llevaba una bici con transportín!

En fin, poco más puedo contar de la carrera, salvo que llegué con las lámparas de los intermitentes fundidas de tanto adelantamiento y que tuve que hacer la segunda zona de senderos saliéndome continuamente de la trazada para poder progresar. Las sensaciones eran buenas, dejando atrás a todo el que me iba encontrando sin un excesivo esfuerzo, pero claro, yendo en esa zona del pelotón esto puede ser engañoso.

Llego hasta meta tratando de exprimirme al máximo y allí me encuentro a los compañeros Benito, Antonio, Jabiker y Paco esperando al que en esta ocasión ha sido “el último mono”. Por cierto, Paco se comió una buena galleta que le provocó un corte en la nariz y un buen golpe en la rodilla. Tuvo que ir al Centro de Salud, espero que no fuese nada importante, amiguete.

En fin, a pesar de estas tribulaciones he de decir me siento muy contento de haber vuelto a meterme en un fregado de estos. Hace un año, la mayor actividad física que podía desarrollar era andar del sofá a la cama sujetándome en las paredes y no daba un duro por poder volver a montar en una bici ni para dar un paseo y ayer me pegué 80 km de BTT a un ritmo decente ¿Qué más puedo pedir?

Bueno, nos vemos en la próxima, que para mí será Aljaraque o Cartaya (a Bollullos no puedo ir, me pilla de viaje).


P.D.: por favor, que nadie se me ofenda por lo de la ropa del Decathlón, sólo es un comentario chorra y yo también utilizo alguna que otra de sus prendas.  

domingo, 14 de junio de 2015

PUESTA AL DÍA

Tiempo hace que no coincide que encuentre un ratito para escribir, que tenga ganas de hacerlo y que se me ocurra algo sobre lo que cascar, pero no quiero dejar de poneros al día (aunque muchos ya estáis al tanto) sobre los últimos acontecimientos que han irrumpido en mi existencia y que han condicionado, al menos temporalmente, mi relación con el hilo argumental de este “blog”: la bicicleta.

Supongo que será cosa de la edad, de la falta de mantenimiento o de que la máquina no es que sea un “rols rois”, precisamente, pero la cuestión es que mi mecánica ha empezado a dar algunos fallos. Cosas de electrónica (de chapa y motor sigo estupendo): un cable se deber de haber pelado y ha empezado a chisporrotear por la zona del ordenador de a bordo, dando como resultado una merma en el sentido del equilibrio.




La cosa empezó con unos vértigos agudos (de caerme al suelo, vamos) y fue evolucionando muy poco a poco, empezando por poder a andar por la calle con dificultad, pasando por correr por el campo con bastante normalidad y acabando en un estado de “acarajotamiento” constante (sí, más de lo normal) y sensación de desequilibrio al hacer determinados movimientos.


Tras notar una primera mejoría y reincorporarme al curro, traté de subirme en la bici, con un resultado nefasto: imposible pedalear más de unos cuantos metros. En cuanto tenía que hacer el más mínimo movimiento con la cabeza, perdía el equilibrio y me iba al suelo si no andaba listo al poner los pies. Me sentía igual que cuando, hace una pila de años, mi padre se mataba a correr detrás de mí para que no me partiese la crisma mientras daba mis primeras pedaladas vacilantes por El Real de Calañas: era como si nunca hubiese sabido montar en bici.



Tras algún diagnóstico médico poco afortunado, la solución al problema pasaba por hacer una serie de ejercicios de rehabilitación con los cuales el cerebro debía acostumbrarse a trabajar en las nuevas condiciones, con la información que actualmente recibe. Con ello, la recuperación podía ser más o menos completa, pero en todo momento me dejaron claro que lo de volver a montar en bici no era nada seguro, dependería de cómo respondiese mi pelota a los ejercicios.

Eso sí, me decían que no tendría problemas para hacer “vida  normal”. “Vida normal”… ¿pero qué es “vida normal”? Para mí, hacer “vida normal” durante mucho tiempo ha sido almorzar vestido de ciclista, estar pedaleando al poco rato con las lentejas en la boca, echar el bofe tratando de seguir la rueda de Domi por el enduro y soplarme después tres tercios fresquitos con El Churrero, por lo bien que lo hemos hecho. Esa “vida normal” sí que la veía peligrar.

Total, que me puse con lo de la rehabilitación. Los ejercicios… pues no penséis que la cosa va de levantar pesas, hacer flexiones ni matarse a abdominales. Más bien se trata de cosas de octogenario reumático: darle vueltas a una silla, mover la cabeza con gestos de afirmación y negación, tirar una pelotita y recogerla… en fin, acción trepidante como veis.



Pero me puse a ello con todas mis fuerzas (bueno, fuerzas, fuerzas, no es que hagan falta muchas) y la mayor de las disciplinas, aunque la evolución que notaba era mínima o inexistente. Durante mucho tiempo me seguía sintiendo absolutamente incapaz ni siquiera de hacer el intento de subirme a una bici. Supongo algo de secuelas había pero que en gran medida se debía al miedo a frustrarme ante un nuevo intento fallido.

El punto de inflexión fue el día de la Huelva Extrema. Tras una jornada viviendo la prueba como espectador y “con el moco caído” por no poder estar metido en el fregado, unas cuantas cervezas me dieron el ánimo suficiente para agarrar la bicicleta del amiguete “Jose Cadi”, que acababa de llegar a meta y subirme a ella cual jinete de rodeo, con el ánimo de no morder el polvo a las primeras de cambio. Eso sí, probé en blandito, en la zona de césped, por las dudas. Y la cosa no fue mal del todo: aunque me notaba inseguro, fui capaz de dar unas vueltas sin que el suelo se me subiese al hombro.

Con el ánimo por todo lo alto, el siguiente fin de semana hice una nueva prueba con resultados bastante satisfactorios. Con algunas limitaciones en determinados gestos (sobre todo al mirar hacia atrás) podía montar con relativa normalidad. Tras algo más de tres meses sin rascar pedal no os imagináis la felicidad que experimenté dando una vueltecita por los pinos, después de haber llegado a pensar que jamás volvería a poner el culo en un sillín.  

Tras ello he ido dando pasitos hacia la normalidad, llegando a salir sin problemas con el grupo de las tardes a ritmos aceptables y por todo tipo de terrenos y volviendo a utilizar mi “chiquenina” (la plegable) para los desplazamientos por ciudad.

En todo este camino ha habido momentos de incertidumbre, de miedos (a ratos, mucho miedo) y de pasarlo mal (a veces, muy mal) en los que siempre he contado con la mejor de las compañías a mi lado. En todo momento me ha apoyado, ha tratado de animarme y me ha impulsado a no rendirme.  Y la cosa tiene especial mérito dado el asquito (en parte justificado) que le tiene cogido a “la otra” (la bici). Gracias y sabes que te quiero.

Gracias también a todos los amiguetes que os habéis interesado por mi estado y que me habéis transmitido vuestros ánimos. Ya os lo pagaré con relevos largos y a buen ritmo.

Ahora, pues a tratar de volver a la normalidad. Tenía la intención de meterme en el fregado de Almonaster, aunque fuese totalmente fuera de forma. Se trataba de intentar disfrutar (o sufrir lo menos posible) y llevar la bicicleta hasta la mezquita, sin mayores pretensiones. Pero se ve que esto de las goteras va en serio: un resfriado galopante me ha dejado de nuevo en el dique seco, impidiéndome acudir al maratón y dejándome con el pellizco en el alma de haber faltado a mi cita anual con el San Cristóbal. En fin, el año que viene será.



miércoles, 21 de enero de 2015

...ACCIÓN


Sigo con esto de los videos, ahora con un “tráiler” de mi próximo trabajo.


Si eres de los que disfrutaste con el video de la bajada con Domi, no te pierdas ahora su segunda parte. No podrás despegar el culo del asiento, mantendrás los ojos abiertos como platos soperos.

De los autores de “El Caminito de la Risa”, próximamente en sus pantallas, una delirante producción que no dejará a nadie indiferente. Emoción, vértigo, acción, ritmo trepidante.

A su lado “La Jungla de Cristal” o “En Busca del Arca Perdida” te parecerán comedia romántica.

Si eres de los que no soporta sensaciones fuertes, te recomiendo que te abstengas de verlo. Para los demás, al menos os deberíais tomar una tilita… o valeriana, casi que mejor.

A disfrutar de la acción al límite con… “La Curva”, con el “cameo” de Kike.






¡Y todas las escenas de riesgo han sido rodadas sin trampa ni cartón por los propios actores, sin utilizar dobles de acción, ni nada!  


miércoles, 14 de enero de 2015

LUCES, CÁMARAS Y...

Retomo esto del "blog" con nuevos formatos, que hay que reinventarse. Es lo que tenemos los artistas multidisciplinares. 

Pues "resurta deque" me han echado los reyes una camarita de esas para hacer vídeos de acción y el otro día anduve probándola en la bici, a ver qué tal. He andado enredando con el tema de editar y mejorar, subir al "yutú" y tal y cual, y esto es lo que me ha salido.

Sé que no me van a nominar a ningún Óscar y que ha quedado más bien tirando a una mierda, pero también Almodóvar empezó con aquel engendro de "Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón" y ahora, ya veis adonde ha llegado... a hacer las mismas bazofias pero con el reconocimiento del personal.


Aquí el primero, bajando el "Caminito de la Risa" tratando de no perder de vista el culo del "prota", el amiguete Domi. Las pasé pelín putas, pero cerrando un poco los ojos en los escalones conseguí que no se me escapase demasiado. Disculpad los destellos del sol, vibraciones y demás defectos pero de momento no doy para más como operador de cámara.



No sé por qué no puedo enlazar este vídeo de otra forma. Me da en la nariz que es por algo relacionado con la música utilizada. Igual arruino a los AC/DC o a los Pink Floid por meter un cachito de sus coplas.


El segundo relata las andanzas de un caballero de triste figura, brillantemente interpretado por Chinaski, durante una salida por terrenos de La Corcha. Quiero agradecer la inestimable y desinteresada colaboración de Jabiker, a las risas.






Disculpad la errata: evidentemente las botas del Chinaski no son “hermáticas” (ni hermenéuticas) sino herméticas. Pero lo de corregirlo va a ser que no, que supone un rato laaaargo editar y subir de nuevo al “yutú”.