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lunes, 10 de septiembre de 2012

“¡PA HABERNOS MATAO!”


Os traigo por aquí el relato de mi incursión hace unos fines de semana en eso que se llama “deportes de aventura”.

No sé si conoceréis al monologuista Leo Harlem. Merece la pena echarle un rato, es un tío divertido. Pues bien, en una historia que contaba acerca de esos deportes de aventura venía a decir que “el barranquismo consiste, básicamente, en bajar un río por donde no es”. Se puede decir más alto, pero no más claro. Lo has clavado, Leo.



La cuestión es que el pasado diciembre, por el cumpleaños de Pepa, se me ocurrió la ¿feliz? idea de regalarle un bono para dos actividades de esas de aventura: rafting y barranquismo. Lo del rafting me lo recomendó un compañero del curro y del barranquismo me habló muy bien Ale, amiguete que lo había practicado meses antes.

La mejor época para ambas actividades parece ser que es en torno al mes de agosto, así que cuadramos los planes para combinar las dos historias un sábado y el domingo siguiente. Así el lunes estaríamos con la adrenalina esa por las nubes.

RAFTING.

La cosa tuvo lugar en el río Genil, en un tramo que transcurre entre El Tejar y Palenciana, al sur de la provincia de Córdoba. Viendo los alrededores, secos como las cañerías de una pirámide, no se puede uno imaginar que el río corra con tanta fuerza.

Tras unas breves explicaciones de seguridad y de maniobras básicas (“palante”, “patrás”, cómo sacar a un "nota" del agua y poco más) te dan una cuchara como las de los helados pero a lo tocho y te plantan un casco tipo Calimero y un chaleco salvavidas. Yo, como una vez estuve en Bilbao, renuncié al neopreno. Ya tengo suficiente aislamiento adiposo.

De esta guisa quedé más o menos.



Los más graciosetes pueden ahorrarse el chistecito: no, no llevo un neopreno blanco. Esa es la combinación de colores que se nos queda en la piel a los esforzados ciclistas que no queremos playa ni en pintura.

Tras inflar las embarcaciones (tres), que daban un poco de “yuyu” porque tenían algún que otro parche, nos montan repartidos en grupos de ocho o nueve más un monitor en cada una. A mí me ponen delante porque, por lo visto, allí es donde deben ir los más fuertes (así lo interpreté yo, aunque creo recordar que el monitor dijo, más bien, los más pesados).

Frente a mí iba un chaval, Mario, bastante más canijo que yo (si, ya sé que no es difícil). Cuando lo colocaron allí se le puso “mu malita cara”. Resulta que cuando alguien cae al agua, el encargado del rescate es el que se sitúa justo frente a él. Pues bien, al tal Mario le cayó el papelón de pescarme a mi. Se ganó el jornal, el muchacho.

Lo cierto es que la historia es de lo más divertida. Se alternan tramos de río más tranquilos con zonas de rápidos. En las partes más calmadas, además de remar, te dedicas mayormente a hacer el cafre, embistiendo a las otras embarcaciones, abordándolas, arrojando gente al agua, siendo arrojado tú mismo, haciendo el caballito con la canoa… en fin, cosas de chavalotes. Constantemente va gente al agua a la que hay que rescatar y subir a la canoa. El agua está bastante fresquita, pero soportable sin neopreno.



En los rápidos hay que ponerse más serio, obedeciendo las instrucciones del monitor para pasarlos decentemente, esquivando piedras, troncos, ramas y demás. Se nota la sensación esa de cosquillas en los huevecillos.




Tras algo menos de hora y media de descenso toca recoger los tiestos, último bañito y te devuelven a la base. Cervecita de emergencia y proa hacia Almuñécar, donde haríamos noche.


BARRANQUISMO.

Después de cenar en un chiringuito y de echar un cubatilla junto a la playa en Almuñécar (bastante ambiente) fuimos a descansar al hotel. Bueno, al menos yo, que Pepa no pegó ojo. La mañana siguiente tocó madrugar para llegar al punto de encuentro en Otivar.

Tras un “no desayuno” en el bar en que habíamos quedado (¡mira que no tener tostadas!), a los coches hacia el punto de partida. Lo primero que te encuentras es que hay que pasar por una propiedad privada en la que están haciendo el agosto cobrando peaje por atravesarla: aquí, el que no corre, vuela. En cualquier caso ya estábamos avisados de esta circunstancia.

Reparto de material: otro casco de Calimero, calcetines de neopreno, arnés de seguridad y traje de neopreno. Esta vez sí lo cogí: cuando estuve en Bilbao no me quedé en el centro sino en un hotel de las afueras. Toca una subida a pata bastante “cañera” y acarreando el material. Al llegar al punto en que se empieza el descenso vas con el piloto de la temperatura en rojo, por lo que se agradece el bañito en la primera poza.

Allí vemos a una chica de otro grupo dudando si saltar desde una altura considerable hasta la poza. Personalmente, en ese momento me pareció una locura lo que iba a hacer. Iluso de mí, no sabía lo que el futuro me depararía poco después.

Toca vestirse de romano. Casi me dejo las yemas de los “deos” tratando de embutirme el neopreno y cuando al final lo conseguí, tan apretado, tan negro y con tantos bultos, parecía enteramente, como dice Leo Harlem, una morcilla de Burgos.



Empieza la acción. Los primeros tramos consistían en lo que los que sabemos de esto llamamos progresión a pie. O sea, andar por el cauce del río tratando de no dejarte un tobillo en una mala pisada. 




Tras varios tramos de pateo, otros nadando, algún pequeño tobogán y un importante culazo al resbalarme con una piedra, llegamos al primer salto. En este momento me planteo seriamente qué cojones hacía yo allí. No me gusta ni siquiera tirarme “a bomba” en las piscinas y de repente me veo ante una caída de varios metros con una poza de agua abajo y teniendo que hacer un acto de fe para creer al monitor cuando decía que había profundidad suficiente. La cuestión es que, en parte por vergüenza torera y en parte para no pensármelo mucho, salté de los primeros: el mal rato, pasarlo pronto.

No voy a decir que durante el salto viese pasar mi vida como una película, pero casi. Lo cierto es que las cosquillas el los huevos del día anterior en los rápidos se quedaban en nada frente a la sensación de caer al vacío ¡Qué “mieo, shiquillo”! Por un momento temí que el interior de mi neopreno iba a tener que sufrir al final de la jornada un lavado más enérgico que un simple enjuagado con agua. Eso sí, después se te queda una sensación agradable en el cuerpo, como de alivio, de relajo.  




Siguió la cosa con más pateos, nados, saltos, todo ello por un recorrido espectacular, con bonitos paisajes, un agua limpísima y a una temperatura muy agradable. El lugar merece la pena independientemente de hacer o no el descenso del barranco. Así llegamos al primero de los dos rapels. Aquí ya mi parecido con una morcilla iba a ser total, colgado de una guita y todo.

Yo, hasta ese momento, lo único que había hecho con cuerdas era acompañar alguna de Sabina a la guitarra. Por rapel sólo me venía el hortera ese con túnica y gafas que no adivina ni el reintegro de la ONCE dándole diez oportunidades.

Lo del descenso con cuerda sí que me motivaba. Lo que sucede es que iniciarte en una pared irregular, en curva y bajo una cascada que no te dejaba ver un panizo, hace que bajes como buenamente puedes, sin encontrar apoyo para los pies, pegando más golpes que el badajo de una campana y sin saber ni dónde estás. Pero bueno, al menos vas agarrado a algo.

Algún salto más y se llega al segundo rapel. Este lo disfruto más, es más limpio y con menos agua, lo que permite bajar más controlado. El tramo final es volado, descolgándote sin apoyo en pared alguna. Resultó divertido.



Un poco más abajo estaba el último salto. Este era el de mayor altura (7 u 8 metros, calculo) y con el agravante de tener que saltar sobre unos matorrales de romero que impedían ver el punto de caída. Haciendo de tripas corazón conseguí reunir el valor suficiente para lanzarme y, ya abajo, disfrutar de un agradable y relajante bañito en la última poza. Desde allí veo como unos descerebrados cordobeses que iban en nuestro grupo se van a la pared que estaba frente a la del matorral y en la que había dos plataformas a unos 12 y 15 metros de altura. Pienso para mis adentros “se van a rajar, no saltan”. ¡Los cojones! desde las dos se tiraron, los muy tarados. Eso sí que daba miedo, nada más que verlos caer.



En definitiva, muy divertido también esto del barranquismo. Te quedas con ganas de repetir la experiencia. Eso sí, físicamente es duro. Estás constantemente haciendo esfuerzos, apoyos raros, ayudándote con los brazos, dándote golpes... Vamos, que el lunes tenía el cuerpo como si me hubiese atropellado un autobús.

A Pepa también le encantó el fin de semana aventurero. Al fin y al cabo, de eso se trataba, que para algo era su regalo de cumpleaños. Ya veremos qué le depara el próximo… 



viernes, 13 de abril de 2012

DEBUT Y RETIRADA (*).

Escribía Tomás de Iriarte en su fábula “El pato y la serpiente” que dicha ave, orgullosa por su capacidad para andar, nadar y volar, no debería mostrarse tan ufana ya que “ni anda como el gamo, ni vuela como el sacre (1), ni nada como el barbo”. Pues si cambiamos lo de volar por rodar en bici, muy bien podéis verme reflejado en un pato el día de mi debut (y de mi retirada) en la cosa del triatlón.

Corría el año 2.006 y fue en el Triatlón de Punta Umbría, al que mi inconsciencia me llevó a apuntarme sin tener la más mínima preparación en la materia. Reproduzco a continuación lo que contaba en los foros tras mi odisea. He tratado de retocar lo mínimo posible, modificando sólo aquello que queda fuera de contexto a día de hoy.





Bueno, pues no sé si le interesará a alguien, pero yo lo largo.

Debut consumado, objetivos cumplidos, experiencia satisfactoria.

El domingo por la mañana me planté en Punta a buena hora y, tras saludar a los conocidos (Cozi, Jesús Gallego, el grupo de mi hermano y los MKM-animadores (2) Nacho, Carlos y Dani), me acerco a por el dorsal y me largan un sobre con un chorro de números: que si uno para el maillot, que si otro para el casco, otro más para la bici, el del gorro de natación... 

Coloco los dorsales como Dios me da a entender y me voy para los boxes para dejar la bici, cargando con más equipaje que si me fuera de fin de semana a Sierra Nevada. Al entrar en la zona cerrada, primer error: el dorsal del maillot debe ir en el pecho, no en la espalda. Como puedo, lo cambio y me queda hecho un gurruño. Se conoce que aún no estaba suficientemente identificado y una gentil señorita procede a herrarme mi numerito con un "retulador" indeleble en la pata izquierda y el brazo derecho. ¡Coño, si sólo faltó que me pusieran un plastiquito en una oreja y un aro en el hocico!

Tras esto, entrada en el agua con el Cozi y Jesús Gallego para tomar la temperatura (y de paso echar una meadilla, por aquello de los “nerviosss”) y nos meten en una especie de corral a todos los participantes. A estas alturas, metido en el corral y herrado por todas partes, yo ya tenía complejo de ternera retinta. Se da la salida y “tospalagua”, chapoteando y andando mientras se da pie. Golpes, empujones, patadas,... es decir, lo normal. Tras girar la primera boya, cuando ya había menos mogollón, noto que un tío se me había montado “entoloarto”. Dudé si trataba de adelantarme por encima o si quería algo conmigo. Si sus intenciones eran estas últimas, podría haber empezado con unas caricias, unos besitos,... que se yo, pero no así de golpe.

Hago casi toda la natación al lado de uno que iba con mono de triatlón, por lo que pensaba que iba bien, que mantenía el ritmo de un grupo. Tras girar la segunda boya y enfilar hacia la arena empiezo a ver el fondo más oscuro, lo cual me hace pensar que ya estamos llegando a donde no cubre. Me paro, intento ponerme de pie y... todavía no se da pie, con lo que tengo que volver a arrancar. Al fin llego a la orilla, casi a la vez que un par de tíos, miro para adelante y no veo a nadie, miro para atrás, hacia el agua y no veo más que tres o cuatro gorros. Me hago una composición de lugar y pienso: 

     a) Han suspendido la prueba mientras yo nadaba y no me he enterado. 

     b) Van “tospalante” y yo estoy muy cercano al más espantoso de los ridículos. 

     Solución: la b). 

Este es el primer punto en el que sentí el calor del público. Gracias por los ánimos a los MKM presentes entre el respetable. 

Resumen de la natación: ¡DE PUTA PENA! 

Al entrar en los boxes veo que hay gente que aún está recogiendo la bici y algunas máquinas todavía colgadas (¿se habrá ahogado alguien?). Me pongo todos los avíos, incluidos guantes, calcetines, banda del pulsómetro (sólo me faltó ponerme un poco de “rimmel”) y a salir echando leches. Los 20 km de bici fueron una contra-reloj individual, recogiendo muchos cadáveres, pero sin poder enlazar, evidentemente, con ningún grupo bueno en el que resguardarme un poco. Se me enganchó uno que nada más que dio un relevo en las dos vueltas (se lo agradezco de todos modos) y sólo en los 3 últimos km pillé un grupo un poco más decentito. Se dan dos o tres relevos cortitos y después me veo de nuevo arrastrando un trenecito de 6 o 7 tíos durante más de 2 km. Mi único consuelo es que los tuve que poner perdidos de mocos, que no veas cómo se generan tras la natación. 

Resumen de la bicicleta: me encontré bastante bien, todo el tiempo sobre 170 ppm y sin poder ver la velocidad (se me jodió el “cuentakm”).

Transición a carrera, me pongo zapatillas y mi gorra de Cruzcampo (elegancia ante todo) y ¡a correr! Los primeros 500 m voy muy fuerte, más de lo que yo pretendía, incluso recuperando puestos, hasta que noto amagos de calambres en al menos 15 músculos. Decido regular para llegar entero y así hago las dos vueltas al circuito, animando a la gente que me cruzaba e incluso esprintando en los últimos metros. 

Resumen de la carrera a pie: me encontré mucho mejor de lo que podía pensar.

En total hice el puesto 150 de 178 que llegaron (primer objetivo cumplido) y le saqué a mi hermano casi 3 minutos y medio (segundo objetivo: ciclista 1- atleta 0), con un tiempo total de 1:13:57 (por debajo de los 1:15 que me había planteado) (3).

Prueba muy bien organizada, buen ambiente y la satisfacción de haber competido junto a todo un campeón: "El Penti". Enhorabuena a Jesús y al Cozi por su buen debut y gracias a la representación MKM por sus ánimos. El año que viene, si puedo, repito.

PD: por cierto, estos triatletas son “light” del todo. Había un tirador de cerveza al que creo que los únicos que le hicimos los debidos honores fuimos mi MDR (4), un amigote y yo, muy necesitado de rehidratación. 


(1) Sacre: variedad de halcón.

(2) MKM eran las siglas de mi club de por aquel entonces, los extintos Máquinas Maharas.

(3) Lo de los objetivos iba de que me había propuesto no ser el último y, a ser posible, quedar por delante de mi hermano, otro colgado que se apunta a un bombardeo. Por aquel entonces él practicaba atletismo, muy poco de piscina y en cuanto a la bici pues… sabía montar sin ruedines.

(4) MDR: siglas de “máquina de reñir”. Se entiende ¿no?

(*) ¿O puede que no…?